sábado, 8 de abril de 2017

El aceite de palma sólo es el mensajero


Al menos dos medios de comunicación de amplia difusión están diciendo que el aceite de palma es nocivo para la salud. La cadena de valor agroalimentaria está admitiendo que resulta extremadamente complicado eliminar un componente que se encuentra en el 50% de la cesta de la compra de los consumidores. Un producto insustituible en multitud de procesos productivos ya que las máquinas, recetas y tiempos han sido diseñados específicamente para sus características.

El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) estima que la Producción Mundial de Aceite de Palma 2016/2017 será de 64.5 millones de toneladas, un 9,5% más que la temporada anterior en que la producción ha sido de 58.84 millones de toneladas. Los principales países productores son: Indonesia con 35 millones de toneladas, Malasia, 20 millones, Tailandia 2,3 y Nigeria 0,97.

Es una grasa con un bajo coste de producción por lo que ha llegado a ser parte esencial  de la alimentación industrial occidental y se ha posicionado como el segundo aceite más consumido en el mundo. Es utilizado para los aceites de fritura, margarinas, platos precocinados, sopas, patatas fritas, helados, bizcochos, helados, galletas, etc. También es utilizado en la industria química, la cosmética, la alimentación animal y más recientemente como agrocombustible.

Es un alimento con  un exceso de grasas saturadas por su proceso industrial y que no son buenos componentes desde el punto de vista dietético. La universalización de su consumo está muy relacionada con la homogeneización de la dieta mundial y el descenso de la calidad de los alimentos. Su consumo tiene efectos sobre la salud en forma de diabetes, obesidad, enfermedades coronarias. China se ha convertido en el principal importador mundial de este aceite, seguido de la Unión Europea, India y Pakistán.

El árbol, originario del Golfo de Guinea en África Occidental, se ha extendido por todas las regiones tropicales del mundo y está provocando la deforestación de selvas de Indonesia y Malasia y otras zonas selváticas como las de Colombia, para abrir paso a estos cultivos. Se estima que la cantidad de incendios provocados por determinadas empresas para “limpiar” los bosques y reemplazarlos con plantaciones agroindustriales ha dejado en 50 años más de 74 millones de hectáreas de bosques destruidos.

En este proceso de contrarreforma agraria, miles de indígenas y campesinos han sido desalojados de sus tierras, y centenares de personas, que intentaron resistirse, torturados. En las plantaciones industriales se han registrado múltiples violaciones de los derechos humanos y una injusticia laboral generalizada.

Aún así, el aceite de palma no es un demonio, tan siquiera es culpable de nada. El aceite de palma sólo es un mensajero que anuncia los efectos del modelo de producción industrial, de globalización egoísta y de falta de cualquier consideración hacia la vida.

La concentración de poder en pocas manos en el sistema alimenticio mundial en el que priman los beneficios económicos de las multinacionales a corto plazo lleva al desastre. Hoy es el aceite de palma, antes de ayer fueron las vacas locas, mañana puede ser cualquier otra cosa porque tenemos en marcha demasiadas bombas de relojería que están jugando con el uso del territorio, la biodiversidad y la salud humana. Las empresas no pueden dirigir el futuro del planeta porque están siendo juez y parte.

Las grandes extensiones de monocultivo están causando la sexta extinción mundial y es uno de los grandes causantes del cambio climático producido por el hombre. La transformación y transporte de alimentos está provocando más del 35% de la emisión de gases de efecto invernadero. La FAO acaba de emitir un informe que las enfermedades derivadas de los alimentos va a ser la primera fuente de enfermedades para la humanidad en 2050. No demonicemos al aceite de palma que es sólo el mensajero.

La ONU tiene que colocar esta problemática entre sus máximas prioridades. Instar a los gobiernos a enterrar falacias interesadas y cambiar la manera de operar. Ya se producen suficientes alimentos para la población que habrá dentro de treinta años. Es mentira, no hay escasez, al contrario despilfarramos, derrochamos y acaba en el cubo de la basura más de un tercio de la producción industrial de alimentos.

Es hora de reconocer que el modelo de globalización del sistema alimentario es un error para la humanidad, que es el momento de revertir el proceso y hacer valer el concepto de soberanía.

El mejor alimento es el que llega a la mesa sin necesidad de haber necesitado refrigeración. Eso sólo es posible con producción familiar, de cercanía y de temporada. En nuestros agricultores, hortelanos y ganaderos está la solución, no hace falta buscarla más lejos.