martes, 31 de enero de 2017

Isla necesita su Gran Vía

Como energía básica de cohesión y desarrollo, las más poderosas civilizaciones han dedicado sus espacios centrales de convivencia a: centros de decisión política, templos de culto religioso y centros de innovación y creatividad. Junto al gobierno, lo más importante es el espíritu. La alineación de estos objetivos, cubrir esta dos necesidades propias y exclusivas de los humanos ha sido crucial en la configuración de nuestros núcleos de convivencia.

La tecnología, el modo de vida, el individualismo hacen que las ciudades hoy, se derramen. Los espacios físicos de encuentro y confluencia van perdiendo importancia. Sociólogos y urbanistas van locos en estos tiempos para comprender la tendencia de comportamiento humano donde lo importante es donde se encuentre una buena torre de repetición o cinco metros cuadrados necesarios  para llegar y aparcar el coche.

Isla Cristina no es diferente y la dispersión por su área física es patente de forma cotidiana. Momentos de concentración y encuentro colectivo son puntuales, excepcionales. Se va por las alcantarillas el concepto de centro como lugar de ocio y disfrute, como espacio de ConVivir.

Al diluirse estos momentos, estos lugares, la sociedad se desorienta, se devalúa la identidad, lo colectivo, la autoestima, el sentido de pertenencia. Defendemos en exclusiva nuestro reino de ochenta metros cuadrados, del resto, ya se encargará otro.

Reforzar los lazos sociales tiene que ser una aspiración común. Un aspecto por el que la sociedad civil y las instituciones públicas tienen que trabajar, porque en la mejora de lo colectivo está el progreso, en el buen gobierno está la fraternidad, y en las artes está el camino del perfeccionamiento.

La Higuerita hoy está huérfana de epicentro cultural y convivencia. Más allá de que puedan haber disponibles edificios con metros cuadrados dedicados a la formación, a la representación cultural y escénica, no existe hoy un referente, un lugar faro sobre el que pivote la vida social y cultural de los isleños y los que se sienten como tales. Desde que desapareció el Gran Vía, existe un vacío físico en el solar, y en la identidad isleña, porque, aunque haya otros lugares, ninguno ha llegado a cumplir la difícil misión de ser emblema de identidad y referente social y artístico como lo fue el Gran Vía.

Antes hubo otros lugares, otros cines, otros teatros, otros casinos, es cierto, el Gran Vía los sustituyó. Y lo consiguió con enorme éxito por una cuestión que sigue siendo obviada, estaba, está en el epicentro, en el centro neurálgico del pueblo, en el sitio de paso de todos los ciudadanos, en el corazón de la ciudad y de los isleños. Eso no puede cambiarse.

Incontables son los casos en que los pueblos han vuelto a construir sus lugares emblemáticos sobre sus propias ruinas ocasionadas con cataclismos o guerras. Ayer mismo tuve la suerte de estar en la Ermita de Santa María del Castillo, erigida en el mismo lugar y con las mismas piedras que el castillo medieval que antes existió, que parece que, a su vez, sustituyó antiguo recinto amurallado, un valioso ejemplo. Porque los puntos neurálgicos para una sociedad lo son por méritos propios y su lugar, su protagonismo, lo reclaman por derecho propio.


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Isla Cristina necesita recuperar su Gran Vía, sería un error histórico no otorgar el sitio que, por naturaleza tiene en la arteria principal del pueblo. Es su sitio. La posible venta del solar, trasladarlo a manos privadas para convertirlo en espacio residencial o de ocio es una aberración imperdonable, por la vileza urbanística, si, pero sobre todo por la hemorragia que le ocasionaría a la idiosincrasia isleña.

Pervertiríamos la identidad propia, estrangularíamos referentes y estima. Es la senda que nos llevaría a ser, cada vez menos pueblo singular y cada vez más parque de atracciones. Es hora de coger el corazón roto y convertirlo en arte.